lunes, 18 de agosto de 2008

La manzana chilena

Cuando iba al cole, tuve una fijación por la manzana chilena. Mi mami era de aquellas que me mandaba a estudiar con una lonchera nutritiva y, para mí, nada aburrida. Su contenido clásico: mi termito con limonada caliente o chocolate con leche, mi tapercito lleno de papas fritas y un pedazo de carne frita o huevo frito con un hermoso anillo de mostaza encima, y para cerrar mi adorable manzana chilena envuelta en su clásico papel lila.

La manzana chilena fue un gusto y, muchas veces más, capricho mío. Lo bueno que era alimento y no se atrevían a negármelo, aunque afectara el presupuesto familiar, ya que no era para nada barata.

Me ingeniaba diariamente, ante la escasez en casa, de cómo hacer para tener mi manzanita conmigo todos los días, la excusa de pasar por el mercado era muy buena y a pesar de que la conocían, me seguían el juego y pagaban por ello.

Cuando empecé a trabajar, ufffffff, varios años después, me di el gusto de comprarla, pero ya no sabía igual, la sentía insípida, sin gracias, sin nada que ofrecer, atrás había quedado la espera angustiante de tenerla conmigo, el deseo incontenible de saborearla en mi recreo, la espera por conquistar su sabor en mi boca.

Cuando la comí pasados los años, me quedó una enorme desilusión, un "¿y por esto me moría de niña?", "no era para tanto", que feo; y bueno ahora me gustan las manzanas de israel.

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